Las imágenes de la estética sanmartiniana
La Sala “Los Andes“ permite un acercamiento a la persona del prócer, a través de interpretaciones plásticas que lo muestran en distintos momentos de su vida y plasman la recreación de batallas donde intervino. Se trata de una rica colección iconográfica referida al Libertador, de verdadera significación en la construcción del mito del héroe en el imaginario de las luchas por la independencia. Las obras exhibidas permiten un recorrido estético que ponen en evidencia las transformaciones producidas en las distintas épocas de cada producción. Citaremos dos ejemplos al respecto: la obra de Gil de Castro (1817) y la de Guillermo Roux (2000).
Cuando Gil de Castro pinta en 1817 el retrato de San Martín, la puesta en escena cumple una función distinta a la del presente.
El Libertador se muestra en su cenit heroico, con leyenda en el borde inferior del cuadro, dirigida “Al héroe de los Andes “ y un medallón alusivo como “vencedor de Los Andes y de Chacabuco”. Operan figuras metonímicas de la cordillera, del prócer considerado como restaurador del Estado chileno. Pero se trata de un restaurador que utiliza la potencia y el talento militar para conseguir esos resultados y restaurar (recuperar) el orden.
La función de las imágenes en aquel momento apuntaban a fijar los cimientos de una fundación de patria para una América independiente del poder colonial.
Permiten a través de su visualización , su circulación, difusión y memoria, “que los estados nacionales constituyan un imaginario colectivo en el que se asienta la constitución de su inconsciente político que posibilita la inscripción en el imaginario de la conceptualización del Estado Nacional. Podríamos decir que esa fué la función durante la consolidación de la reforma independentista” señala Héctor Capossiello en su blog sobre San Martín.
http://josesanmartin.blogspot.com/
Iniciado el siglo XX las funciones metonímicas de las imágenes se desplazan del significado originario y el acento se coloca en la interioridad del prócer, en sus enfermedades y su esfuerzo para sobreponerse a todas las adversidades, lo que da lugar a un reconocimiento de la humanidad de San Martún y a la vez de su grandeza. Ricardo Rojas escribe en 1933 la novela titulada El Santo de la Espada y con ese título, Leopoldo Torre Nilson dirigirá una película sobre San Martín. Su heroísmo consiste en la humildad y el sacrificio de retirarse de la escena gloriosa de sus triunfos continentales para dejar el lugar a Simón Bolíuvar, luego de la entrevista de Guayaquil.
El Libertador es abordado desde otros ángulos, con nuevas expresiones cinematográficas como “Juan Manuel de Rosas” dirigida por Manuel Antín )1972) y “La fiebre y el General” del mismo año, dirigida por Jorge Coscia.
Aparece un cambio en la función metonímica de las imágenes del Libertador, porque el carácter de héroe, que había acompañado el ideario sanmartiniano desde el siglo XIX, y el acento está puesto mas bien en lo que falta, en lo que hemos olvidado, y vuelve de nuevo el Libertador a recordarnos la obligaciòn latinoamericana de cumplir con su sueño de libertad y unión de los pueblos. En tal sentido, la obra de Guillermo Roux (097) es un ejemplo de este desplazamiento del sentido de las imágenes sanmartinianas:
San Martín aparece vestido de civil, con la mirada directamente posada sobre los que contemplan la obra. Y la bandera argentina que lo cubre representa metonímicamente a la Patria. Su rostro está serio, y mientras que con su mano izquierda sostiene la bandera argentina, con la derecha nos advierte, nos llama la atención sobre el olvido del proyecto integrador y de unión de los pueblos por los que él tanto luchó. Imagen suya profundamente humana y simbólicamente patriótica, verdadera convocatoria para el Bicentenario.
El presente blog ha sido realizado como evaluación final , por requerimiento del Seminario Taller de Producción del Posgrado de Especialización en Textos Críticos y Difusión Mediática de las Artes del IUNA.

